Nº 8 · Ensayo · 10 min

La ilusión

Proyección, deseo y frustración

Ilusión viene de illusio: engaño, burla. La palabra nació nombrando lo que no está y hoy nombra lo que esperamos con más ganas. En ese viaje cabe casi todo lo que puede decirse del deseo.

Una palabra dada la vuelta

El desplazamiento no fue neutro. Illusio nombraba percepciones falsas, algo que no es real y se presenta como si lo fuera; con el tiempo el término se cargó de un sentido amable y quedó atado a la esperanza: la ilusión es la esperanza cuyo cumplimiento parece especialmente atractivo, dice la RAE. La palabra se pasó al otro lado y se llevó el problema consigo. Lo que nos ilusiona sigue ocupando el lugar de lo que todavía no está.

De la caverna a la falta

A lo largo de la historia, la ilusión ha sido un tema recurrente en el pensamiento humano. En la filosofía de Platón, por ejemplo, se encuentra en su célebre alegoría de la caverna, donde los prisioneros confunden las sombras proyectadas en la pared con la realidad. Para Platón, las ilusiones sensoriales eran una forma de engaño que mantenía a las personas alejadas de la verdad filosófica y del conocimiento auténtico.1 Durante la Edad Media, la ilusión fue vista como un peligro espiritual, un desvío de la senda correcta hacia la verdad religiosa. 1 Platón utiliza la alegoría de la caverna para ilustrar cómo los sentidos nos engañan, proyectando una realidad ilusoria (las sombras en la caverna) que confundimos con la verdad. Para Platón, el conocimiento verdadero solo podía alcanzarse al escapar de esas ilusiones sensoriales y acceder al mundo de las ideas.
Freud volvió sobre ella desde el psicoanálisis. En El porvenir de una ilusión (1927) la trata como una necesidad humana de proyectar deseos inconscientes hacia el futuro, sobre todo en el terreno religioso y cultural: esperanzas infundadas que consuelan frente a la angustia.2 2 En esta obra, Sigmund Freud explora cómo las ilusiones, especialmente las religiosas, proporcionan consuelo frente a la incertidumbre y el sufrimiento humanos. Aunque Freud consideraba las ilusiones como algo necesario para la estabilidad psíquica, también las veía como un obstáculo para alcanzar una comprensión racional del mundo.
Lacan da un paso más y la vuelve estructural. Nuestra búsqueda de satisfacción está marcada por la falta, y la falta no es un agujero que pueda taparse: es lo que organiza el deseo, las relaciones y la pregunta por uno mismo.3 La ilusión es la forma que toma esa falta cuando se proyecta hacia delante y elige un objeto. Por eso el objeto siempre decepciona un poco. Cumple su función precisamente ahí, en no coincidir del todo. 3 Jacques Lacan propuso que el deseo humano está estructurado alrededor de la «falta», una carencia fundamental que nos impulsa a buscar lo que creemos que nos completará. Esta falta, según Lacan, no es simplemente una ausencia, sino un motor central en nuestra subjetividad, que organiza nuestras relaciones y nuestras percepciones de nosotros mismos y de los demás. La ilusión, en este sentido, es una proyección del deseo, siempre fuera de nuestro alcance. Nos impulsa a perseguir algo que, aunque parece estar cerca, permanece inalcanzable, manteniéndonos en un ciclo constante de búsqueda insatisfecha. Puedes leer El todo y la falta en esta misma web, donde se exploran en profundidad estas ideas y cómo influyen en la dinámica de nuestras relaciones cotidianas y nuestra percepción del mundo.

Cobrar por adelantado

Ilusionarse produce efectos antes de que ocurra nada. Uno imagina el viaje y algo del viaje empieza a suceder en el cuerpo; imagina la conversación pendiente y se le acelera el pulso. La ilusión no espera al futuro: lo cobra por adelantado. Y cobra en la otra dirección con la misma exactitud, porque pensar en lo que no llegó a pasar duele.
Freud llamó principio de realidad a lo que corrige ese adelanto. Conviene no leerlo como una orden moral, como si madurar consistiera en dejar de ilusionarse: el sujeto vive en la fricción de las dos cosas. Y lo cierto es que es más sencillo fantasear que conseguir que la realidad se ajuste a nuestras expectativas.

Ilusionados

La manera en que experimentamos la ilusión cambia con el tiempo. Durante la niñez es más frecuente e intensa. Los niños viven en un mundo donde las posibilidades parecen infinitas, porque su capacidad de asombro es enorme y todavía no han acumulado desengaños. A medida que crecemos, las pérdidas nos enseñan que no todo lo que esperamos se hace realidad, y eso erosiona la manera en que nos ilusionamos.
La ilusión no desaparece por completo. En la adultez toma formas más sofisticadas: las expectativas de éxito profesional, la esperanza de un cambio personal. El filósofo Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio, argumenta que la cultura contemporánea promueve una ilusión de éxito que lleva a la autoexplotación. La cultura del rendimiento pide ilusión abundante y rentable, con objeto y con fecha; y trata la desilusión como una avería que reparar cuanto antes, cuando suele ser la noticia más fiable que da la realidad.

En la consulta

En la consulta la ilusión llega casi siempre por su reverso: alguien cuenta lo que esperaba y no vino. Ahí el trabajo consiste en mirar qué figura del deseo estaba montada en esa espera, a quién iba dirigida y qué se pedía. Calibrar mejor las expectativas para la próxima vez es un consejo, y los consejos ya se los ha dado todo el mundo siempre es una buena opción. Conforme se crece la satisfacción suele llegar de las cosas presentes y no de las que nos gustaría que estuvieran ahí.

La ilusión no se administra. Se atraviesa, se pierde y vuelve con otra cara. Quien ha dejado de ilusionarse suele llamar lucidez a haber dejado de esperar algo del otro. La palabra empezó nombrando un engaño y acabó nombrando una promesa: se quedó con las dos cosas, y con las dos se vive.