Nº 17 · Ensayo · 12 min

Natural

Sobre la fabricación cultural del tiempo

Hay una frase que aparece en cualquier conversación sostenida durante más de diez minutos y que la gente no suele discutir: no tengo tiempo, o su versión más pop, la vida no me da. Se pronuncia deprisa, entre dos asuntos, y quien la escucha asiente porque está en lo mismo. Lo que viene después suele ser igual de invariable y consiste siempre en una receta de detención para quien pueda permitírsela: parar, bajar el ritmo, desconectar, recuperar un ritmo propio que los horarios han sepultado.

Esa segunda parte contiene un supuesto que casi nunca se examina, y es que debajo del tiempo impuesto permanecería un tiempo nuestro, anterior a la imposición, esperando a que regresáramos. La hipótesis de este artículo apunta en dirección contraria: ese tiempo previo no ha existido nunca y la medida del tiempo ha constituido siempre una operación cultural. El deseo de detenerlo, en cambio, sí es antiguo, y durante milenios dispuso de un procedimiento que lo satisfacía. Lo que la modernidad industrial ha hecho consiste en suprimir ese procedimiento y vender después su sustituto, de manera que hoy queremos parar sirviéndonos de los mismos medios que nos aceleran.1

1 Publiqué en noviembre de 2022 un artículo sobre el tiempo antropológico que sostenía que el tiempo es una construcción cultural y terminaba, contra su propia premisa, invitando a reconectar con los ritmos naturales y con un tiempo más real. Las dos afirmaciones no caben juntas. Este texto existe para corregir aquel final.

El adjetivo

Conviene detenerse en la etimología de la palabra que sostiene el supuesto, ya que hace un trabajo considerable sin haberse justificado nunca. Natural procede del latín natura, derivado del participio de nasci, nacer, y traduce el griego physis, que a su vez viene de phyein, brotar o crecer. El término designa en su origen un proceso en curso, algo que está produciéndose ahora mismo, y se emplea sin embargo para nombrar la condición inversa: un estado estable y previo del que nos habríamos apartado por degradaciones sucesivas.

La estructura de esa apelación reproduce la del relato bíblico de la caída, con su integridad inicial, su pérdida y su degeneración posterior. Y como toda apelación de ese tipo, obliga a fijar un punto arbitrario del pasado y a decretar que en él terminó el cambio. Quien sostiene que un tomate es natural tendría que precisar en qué generación de tomates se detuvo la naturaleza, dado que la planta procede de especies silvestres americanas de fruto minúsculo y constituye el resultado de una selección continuada durante milenios.2
2 Natural viene del latín natura, derivado de nasci, nacer, y traduce el griego physis, de phyein, brotar. El tomate cultivado procede de especies silvestres americanas de fruto diminuto. Raymond Williams describió en 1973 la versión laica del relato de la caída al recorrer la literatura inglesa sobre el campo: cada generación sitúa la edad de oro rural en la anterior, de modo que al retroceder la edad de oro retrocede también y no se deja alcanzar nunca. Mircea Eliade llamó nostalgia de los orígenes a esa manera de organizar la experiencia y la consideró una estructura religiosa que sobrevive intacta en sociedades convencidas de ser laicas.

Un tiempo que volvía

Las sociedades anteriores a la mecanización disponían de una medida del tiempo distinta de la nuestra. El cómputo se apoyaba en periodicidades observables y compartidas —la posición del sol, las fases de la luna, la crecida estacional de un río, el retorno de determinadas aves, el ciclo vegetativo de una planta— que tenían la particularidad de estar disponibles al mismo tiempo para todos los miembros del grupo, de modo que la hora constituía un dato público mucho antes de convertirse en una experiencia individual.

Se ha convenido en llamar tiempo natural a ese régimen, y la denominación induce a error por la razón que acaba de examinarse. El sol y la luna proporcionan periodicidades que los grupos humanos establecieron como hechos culturales. Establecer que un ciclo lunar constituye una unidad, fijar dónde empieza, distinguirlo del siguiente y transmitir ese criterio a quien no participó en su formulación son actos sociales, y no se vuelven menos convencionales por tomar como referente un cuerpo celeste. La observación astronómica es materia prima del hecho cultural, objetivado en calendarios y marcas en las paredes.

Aquellos calendarios, además, se sostenían mediante el rito, y esa dependencia les daba una propiedad que nuestro tiempo ha perdido: el retorno. La fiesta anual reproducía el acontecimiento fundador en lugar de conmemorarlo, de manera que el año que terminaba quedaba abolido y el mundo se restituía a su estado inaugural. En un régimen así el tiempo es reversible por procedimiento, y el desgaste tiene reparación prevista. Conviene retener con exactitud qué se perdió después. Lo perdido fue un procedimiento colectivo y obligatorio para empezar de nuevo, disponible para cualquiera y ajeno por completo a la voluntad individual.3

3 Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1957. La distinción entre tiempo sagrado y tiempo profano resulta aquí más operativa que la oposición entre naturaleza y cultura, y conviene detallarla. El tiempo sagrado es circular y reversible: la fiesta no recuerda el acontecimiento fundador, lo repite, y al repetirlo abole el tiempo transcurrido desde la última celebración y devuelve el mundo a su estado inaugural. El desgaste queda así previsto y tiene procedimiento de reparación. El tiempo profano es lineal, homogéneo e irreversible: cualquiera de sus instantes equivale a cualquier otro, ninguno regresa y el desgaste se acumula sin restitución posible. Eliade atribuye el segundo régimen a la concepción judeocristiana de la historia, en la que los acontecimientos decisivos ocurren una sola vez y no admiten repetición ritual; la idea moderna de progreso es su heredera laica y la de crecimiento su versión contable. Ninguno de los dos regímenes es natural. Y ambos siguen conviviendo: el aniversario, el cumpleaños y la conmemoración funcionan como residuos de tiempo circular alojados dentro de un calendario que ya no vuelve, lo que quizá explique la desproporción habitual entre lo que se les pide y lo que dan.

La campana y la vía

El paso siguiente consistió en extraer el tiempo del cielo y depositarlo en artefactos. La medida se instala primero en objetos portátiles o domésticos —muescas, calendarios, relojes de sol sobre una fachada— y adquiere carácter público a lo largo del siglo XIV, cuando los relojes mecánicos de torre se difunden por las ciudades europeas. La campana que da las horas no informa de una hora que existiera antes: la reparte, idéntica para cuantos viven dentro del alcance del sonido de sus campanadas, y establece con ello la primera hora común de la historia europea.4
4 Lewis Mumford sostuvo en 1934 que la máquina clave de la era industrial fue el reloj y no la máquina de vapor, y situó su origen en el monasterio benedictino, donde las horas canónicas y la campana que llama a maitines establecen una disciplina temporal varios siglos anterior a cualquier fábrica.

El proceso culmina con el ferrocarril de una manera comparativamente rápida: en menos de medio siglo, y a instancias de empresas privadas antes que de ningún estado, las horas locales quedaron abolidas.5
5 La Great Western Railway adopta la hora de Londres para toda su red en 1840; en 1847 las compañías británicas acuerdan regirse por el tiempo medio de Greenwich, que no obtiene reconocimiento legal hasta 1880; las compañías norteamericanas imponen sus husos el 18 de noviembre de 1883, en un solo día y sin intervención del Congreso; y la conferencia internacional que fija el meridiano de referencia se celebra en Washington en octubre de 1884.

Conviene decirlo sin dramatismo, porque el relato del despojo se cuela con facilidad en este punto. Aquí no hubo expolio de nada. Hubo sincronización, y la sincronización cumple una función difícil de discutir: los trenes dejaron de chocar.

La medida por dentro

Parte de lo que nos interesa ocurre después, cuando los campanarios deja nde ser necesarios. La medida se desplaza del espacio público al interior de quien la obedece, y desde ese momento la disciplina no requiere vigilante. Se mira el reloj sin que nadie lo pida. La mañana improductiva se registra como una deuda menor. Existe la sensación persistente de ir con retraso respecto de algo que nunca llega a producirse.

Ese desplazamiento no lo inventa el capitalismo, que lo encuentra ya en marcha, pero sí halla en él su instrumento más eficaz. Un tiempo homogéneo y medible admite ser comprado, vendido, descontado y optimizado, y admite además ser comparado entre personas, lo que permite convertirlo en criterio de valor. De ahí que la aceleración de la que todo el mundo se queja constituya la prueba de que el sistema funciona conforme a su diseño.6

6 E. P. Thompson describió en 1967 el tránsito desde una orientación a la tarea —se trabaja hasta que la tarea concluye— hacia una medición del tiempo trabajado, y lo memorable de su análisis está en cómo documenta la interiorización posterior, que puede seguirse en tres fases. En la primera la coacción es exterior y visible: la campana, el capataz, la puerta que se cierra en punto, y los obreros pelean contra el reloj porque saben de quién es. En la segunda cambia el objeto de la pelea, que pasa a ser cuánto se paga la hora extraordinaria, y ese desplazamiento es la victoria decisiva, porque quien negocia el precio de su tiempo ha aceptado ya que su tiempo tiene precio. Thompson señala además dónde se enseñó la lección antes que en la fábrica: en la escuela de caridad y en el púlpito metodista, donde la puntualidad se predicaba como virtud y la pérdida de tiempo como pecado. La tercera fase la describe mejor Elias: cuando la interdependencia social crece lo suficiente, la coacción externa se convierte en autocoacción, se adquiere en la infancia junto con el resto del carácter y deja de percibirse como impuesta. Al final del recorrido, la medida administrativa se experimenta como rasgo de temperamento, y quien dice de sí mismo que es muy puntual, o que no sabe estar sin hacer nada, describe como naturaleza propia lo que hace tres siglos era un reglamento de fábrica.

Un pulso en el cuerpo

En 1996 compré un número especial de una revista de música dedicado a la electrónica, en una época en la que tuvimos la suerte de poder escuchar sonidos que nunca antes nadie había oido. Una de las autoras describía el tecno como el sonido de la sociedad industrial, y la formulación se me quedó dentro durante treinta años.

Lo que me impresionó entonces no fue el parecido con la fábrica, que resultaba audible sin necesidad de que nadie lo explicara. Fue una segunda cosa: que aquel pulso exacto y sin fluctuación operaba en el mismo rango en el que late un corazón. El cuerpo dispone de varios ritmos acoplados entre sí y de distinta frecuencia —el cardíaco, el respiratorio, el digestivo, el del sueño, el del ciclo, el parpadeo—, y entre ellos se coló uno de origen industrial sin que ninguna instancia lo autorizara.7
7 Se trataba de un número especial de Rock de Lux dedicado a la música electrónica. El tecno nace en Detroit a mediados de los ochenta, mientras se vacían las cadenas de montaje de la industria del automóvil, y Juan Atkins toma el nombre de los techno rebels de Alvin Toffler. El rango habitual va de ciento veinte a ciento cuarenta pulsaciones por minuto; un corazón en reposo late entre sesenta y cien. La coincidencia de rango no demuestra por sí sola ninguna causalidad, y sigo sin saber si el tecno imita al cuerpo o si el cuerpo, puesto a bailar, acepta como propio cualquier pulso constante. Sobre la anterioridad del ritmo: Jordi Savall sostiene que la música precede al lenguaje, y Steven Mithen defendió en 2005 la hipótesis de un sistema comunicativo previo, a la vez musical y lingüístico, del que ambos se habrían separado después. La sincronización tampoco es invención nuestra: hay luciérnagas del sudeste asiático que parpadean al unísono a lo largo de un río entero, y grillos y ranas que acoplan sus llamadas.

Conviene no leer esto como si el ritmo hubiera llegado con las máquinas. El ritmo es anterior a la música, y probablemente a la palabra; la sincronización existe en especies que no hablan. El tecno no introdujo un pulso donde no lo había: hizo lo que hace toda música, que es devolver la forma de la sociedad que la produce. Una sociedad de cadena de montaje suena a cadena de montaje.

Y la distinción vuelve a ser la de antes: un pulso no es una unidad. El corazón late, no cuenta. Lo que la sociedad industrial aporta no es el ritmo, sino un ritmo exacto, invariable y divisible, la primera periodicidad que no fluctúa porque no la produce ningún organismo.

En la medida en que ese pulso se instala en el rango de lo orgánico, la imposición deja de percibirse como tal. El ritmo industrial no se colocó encima del cuerpo. Se introdujo en la lista de los ritmos del cuerpo.

El mercado del reposo

Contra la aceleración se ofrece hoy un catálogo, y el catálogo tiene la particularidad de reproducir la forma de aquello que promete suspender. El retiro de fin de semana, la casa rural, el silencio de pago, la aplicación que cronometra los minutos de calma y el viaje concebido como paréntesis funcionan todos con hora de entrada, hora de salida, reserva previa y precio cerrado. Y todos venden la misma cosa, que conviene nombrar con precisión: la promesa de restitución. Ninguno de esos productos ofrece lentitud. Ofrecen salir de allí como nuevo, con el desgaste borrado y el contador a cero, que es la forma exacta del rito antiguo despojada de la comunidad que lo sostenía y servida por unidades de consumo. La producción industrial del reposo está documentada al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando el litoral europeo pasa en tres generaciones de lugar peligroso a prescripción médica y de prescripción médica a industria de masas.8

8 Arnold van Gennep describió en 1909 la estructura de los ritos de paso en tres fases: separación, margen y agregación. Victor Turner desarrolló la intermedia con el nombre de liminalidad, ese intervalo en el que quien lo atraviesa ha dejado su condición anterior y todavía no ha adquirido la siguiente, y añadió después una distinción que aquí resulta decisiva. Lo liminal en sentido estricto es obligatorio, colectivo y forma parte de un ciclo que afecta al grupo entero. Lo que las sociedades industriales producen en su lugar Turner lo llamó liminoide: opcional, individual, elegido, comprado y alojado en el tiempo de ocio. Las vacaciones, el retiro y la escapada tienen la forma del rito de paso y carecen de sus condiciones, porque nadie está obligado a hacerlas, nadie las hace con su comunidad entera y nadie regresa de ellas con un estatuto distinto del que tenía. De ahí, probablemente, que restituyan tan poco y que haya que repetirlas cada año. Yaara Benger Alaluf lo ha documentado en el terreno: estudió los complejos vacacionales de Club Med y mostró que la relajación se fabrica, con cadena de producción, trabajo emocional y promesa de autenticidad, y que exige programar la experiencia hasta la espontaneidad. Su libro sobre el litoral británico entre 1870 y 1918 recorre el trayecto completo. El texto sobre Club Med figura en el volumen compilado por Eva Illouz, Emotions as Commodities, traducido como Capitalismo, consumo y autenticidad.

El campo al que se vuelve, por lo demás, se construyó al mismo tiempo que la ciudad de la que se huye. La transformación de lo silvestre, que deja de ser amenaza y empieza a ser objeto estético, ocurre en Inglaterra entre 1500 y 1800, es decir, durante el mismo periodo que produce el cercamiento de las tierras comunales y el traslado de población hacia las ciudades manufactureras. El deseo de volver a la naturaleza constituye una idea urbana, formulada por gente que había dejado de vivir en ella.9

9 Keith Thomas documentó ese cambio de sensibilidad en Man and the Natural World, 1983. William Cronon formuló en 1995 la consecuencia: el deseo de volver a la naturaleza es un producto urbano, y lo silvestre constituye la invención más reciente de la cultura que dice haberlo perdido. Sobre el retroceso indefinido de la edad de oro rural, véase la nota 2.
Yo participo de eso, y puedo describir con alguna precisión lo que subo a buscar. En la ciudad la vista alcanza cien metros, y en una calle larga acaso doscientos o trescientos; en la cima de una montaña alcanza kilómetros. Esa desproporción produce un efecto que he comprobado muchas veces: el flujo de pensamiento se detiene sin que medie decisión alguna, porque el organismo entero se orienta hacia lo que percibe y la rumia que sostiene el malestar se queda sin sitio donde alojarse. La proporción entre los dos polos es lo que interesa aquí. Cuanto más estructurada, previsible y medida resulta la jornada, más intensa se vuelve la necesidad de ese paréntesis y más caro se paga. El año pasado estuve en Japón y lo viví como una interrupción de mi vida. Y me molesta encontrarme por el monte con personas que repiten gestos aprendidos en una pantalla, lo suficiente como para desconfiar de mi propia molestia: mi escapada se adquiere en el mismo sitio que la suya, y el hecho de que yo la justifique mejor no la sitúa fuera del catálogo.

La objeción

Llegado este punto cabe formular la objeción más seria, que además desmontaría el artículo entero. Si toda medida del tiempo es una construcción cultural, si el calendario ritual resulta tan artificial como el horario de fábrica, entonces la crítica se queda sin suelo. Declarar que todo es artificio equivale a declarar que da igual, y una posición que no puede preferir nada no sirve para pensar nada.

La respuesta pasa por distinguir entre el origen y el efecto. Que dos dispositivos compartan naturaleza convencional no los vuelve equivalentes, del mismo modo que dos instituciones igualmente inventadas pueden repartir el poder de maneras opuestas. Los artificios temporales se diferencian en dos cosas verificables: en si admiten retorno y en a quién sirven. El calendario ritual preveía la restitución periódica del desgaste y no producía plusvalía. El horario industrial no prevé retorno alguno y constituye la unidad con la que se mide el valor del trabajo. La crítica no necesita apelar a ninguna naturaleza perdida para sostenerse; le basta con preguntar quién administra cada medida y qué obtiene de ella.

Queda una segunda objeción, más incómoda porque procede de un terreno afín. Se ha defendido en los últimos años que la detención voluntaria, la pereza deliberada, constituye el último gesto capaz de desactivar el capitalismo del rendimiento. Estoy de acuerdo con buena parte del planteamiento y tengo una reserva que me alcanza antes a mí que a nadie: la pereza figura en el catálogo desde hace tiempo, junto al retiro de silencio y a la desconexión digital, y el ensayo que la reivindica se vende en la mesa de novedades.10
10 Juan Evaristo Valls Boix, Metafísica de la pereza, 2022. La reserva me alcanza por completo: este artículo se publica en una web con mi nombre y mi fotografía.

Dos maneras de detenerse

La queja del principio reclama, por tanto, algo que no ha existido. Debajo del tiempo impuesto no aguarda ningún tiempo nuestro, porque el primero que tuvimos ya procedía del exterior: del cielo, del rito, de la campana, del horario del ferrocarril y de la nómina. La palabra con la que reclamamos lo perdido nombra, en su origen, lo que está naciendo, y no lo que hubo antes.

Lo que sí existió, y se ha perdido, es el procedimiento. Durante milenios hubo una manera colectiva y obligatoria de abolir el tiempo transcurrido y volver a empezar, y esa manera desapareció junto con el calendario que la sostenía. El deseo permanece intacto y crece además en proporción a lo medida que tenemos la jornada. Queremos parar. Lo que ya no tenemos es el modo, y en su lugar hay un catálogo que vende paréntesis por horas, fabricado por la misma industria que produce el cansancio del que promete sacarnos.

De ahí que la formulación más precisa que oigo sobre este asunto sea también la que menos advierte lo que dice. No tengo tiempo para nada. Lo que escasea es el tiempo para que no pase nada, y eso no se compra, no se programa y no se recupera, porque lo que hacía posible que no pasara nada era un procedimiento común y hoy no lo administra nadie.11 11 Queda algo que este artículo no resuelve. A ratos sospecho que el tiempo no existe y que habitamos un presente continuo, y no consigo sostener la idea porque el lenguaje se me agota antes de llegar. En contra juegan mis manos, que envejecen, y los muertos, y los recién nacidos, y una física que mide el tiempo y lo deforma con la velocidad. Un texto que describe cómo se construyó culturalmente la medida del tiempo no dice nada sobre si hay algo debajo de esa construcción. Lo dejo sin resolver porque resolverlo excede lo que puedo demostrar.

Acabo de mirar la hora sin ninguna necesidad. La campana ya no está en ninguna torre.