No me da la vida, dice una persona que entra a una reunión justa de tiempo y visiblemente ansiosa. Una frase más en un día cualquiera. Quien escucha esa frase se reconoce en lo mismo o algo parecido. Los que pueden permitírselo reflexionan, piensan en parar, bajar la velocidad, desconectar, recuperar un ritmo propio que los horarios han sepultado.
A veces pensamos en la naturaleza y en un lugar verde anterior en el tiempo que nos devuelva a nuestra esencia, que nos haga volver al camino que no sabemos muy bien cuando perdimos. La hipótesis de este artículo apunta en dirección contraria: ese tiempo previo no ha existido nunca y la medida del tiempo ha constituido siempre una operación cultural. El deseo de detenerlo, en cambio, sí es antiguo, y durante milenios dispuso de un procedimiento que lo satisfacía. Lo que la modernidad industrial ha hecho consiste en suprimir ese procedimiento y vender después su sustituto, de manera que hoy queremos parar sirviéndonos de los mismos medios que nos aceleran.1
1 Publiqué en noviembre de 2022 un artículo sobre el tiempo antropológico que sostenía que el tiempo es una construcción cultural y terminaba, contra su propia premisa, invitando a reconectar con los ritmos naturales y con un tiempo más real. Las dos afirmaciones no caben juntas. Este texto revisa todas aquellas ideas.
Se trata de un copy paste simbólico del génesis bíblico, con su integridad inicial, su pérdida y su degeneración posterior. Desde ahí se hace sencillo el fijar un momento anterior como origen ideal y perdido de lo que nos rodea. Si un tomate es natural tendremos que precisar en qué generación de tomates se detuvo la naturaleza, dado que la planta procede de especies silvestres americanas de fruto minúsculo y constituye el resultado de una selección humana en su cultivo durante milenios.2
2 Natural viene del latín natura, derivado de nasci, nacer, y traduce el griego physis, de phyein, brotar. El tomate cultivado procede de especies silvestres americanas de fruto diminuto. Raymond Williams describió en 1973 la versión laica del relato de la caída al recorrer la literatura inglesa sobre el campo: cada generación sitúa la edad de oro rural en la anterior, de modo que al retroceder la edad de oro retrocede también y no se deja alcanzar nunca. Mircea Eliade llamó nostalgia de los orígenes a esa manera de organizar la experiencia y la consideró una estructura religiosa que sobrevive intacta en sociedades convencidas de ser laicas.
Las sociedades anteriores a la industralización disponían de una medida del tiempo diferente de la nuestra. El cálculo se apoyaba en periodicidades observables y compartidas —la posición del sol, las fases de la luna, la crecida estacional de un río, el retorno de determinadas aves, el ciclo vegetativo de una planta— que tenían la particularidad de estar disponibles al mismo tiempo para todos los miembros del grupo, de modo que la hora constituía un dato público mucho antes de convertirse en una experiencia individual.
El sol y la luna proporcionan periodicidades que los grupos humanos establecieron como hechos culturales. Fijar que un ciclo lunar constituye una unidad, fijar dónde empieza, distinguirlo del siguiente y transmitir ese conocimiento a quien no participó en su formulación son actos sociales. Convenciones dictadas por un cuerpo celeste. La observación astronómica es materia prima de la construcción del conocimiento del ser humano.
Aquellos calendarios se sostenían mediante el rito, y esa dependencia les daba una propiedad que nuestro tiempo ha perdido: el retorno. En el tiempo circular la fiesta anual reproducía el acontecimiento fundador en lugar de conmemorarlo, de manera que el año que terminaba quedaba abolido y el mundo se restituía a su estado inaugural. En un régimen así el tiempo es reversible por procedimiento, y el desgaste tiene reparación prevista. Lo perdido fue un procedimiento colectivo y obligatorio para empezar de nuevo, disponible para cualquiera y ajeno por completo a la voluntad individual.3
3 Eliade, Lo sagrado y lo profano, 1957. La distinción entre tiempo sagrado y tiempo profano resulta aquí más operativa que la oposición entre naturaleza y cultura, y conviene detallarla. El tiempo sagrado es circular y reversible: la fiesta no recuerda el acontecimiento fundador, lo repite, y al repetirlo abole el tiempo transcurrido desde la última celebración y devuelve el mundo a su estado inaugural. El desgaste queda así previsto y tiene procedimiento de reparación. El tiempo profano es lineal, homogéneo e irreversible: cualquiera de sus instantes equivale a cualquier otro, ninguno regresa y el desgaste se acumula sin restitución posible. Eliade atribuye el segundo régimen a la concepción judeocristiana de la historia, en la que los acontecimientos decisivos ocurren una sola vez y no admiten repetición ritual; la idea moderna de progreso es su heredera laica y la de crecimiento su versión contable. Ninguno de los dos regímenes es natural. Y ambos siguen conviviendo: el aniversario, el cumpleaños y la conmemoración funcionan como residuos de tiempo circular alojados dentro de un calendario que ya no vuelve.
1:08 · El tiempo, el centro y Dios.
El paso siguiente consistió en extraer el tiempo del cielo y depositarlo en artefactos. La medida se instala primero en objetos portátiles o domésticos —muescas, calendarios, relojes de sol sobre una fachada— y adquiere carácter público a lo largo del siglo XIV, cuando los relojes mecánicos de torre se difunden por las ciudades europeas. La campana que da las horas no informa de una hora que existiera antes: la reparte, idéntica para cuantos viven dentro del alcance del sonido de sus campanadas, y establece con ello la primera hora común de la historia europea.4
4 Lewis Mumford sostuvo en 1934 que la máquina clave de la era industrial fue el reloj y no la máquina de vapor, y situó su origen en el monasterio benedictino, donde las horas canónicas y la campana que llama a maitines establecen una disciplina temporal varios siglos anterior a cualquier fábrica.
El proceso culmina con el ferrocarril de una manera comparativamente rápida: en menos de medio siglo, y a instancias de empresas privadas antes que de ningún estado, las horas locales quedaron abolidas.5 Los ferrocarriles que en un principio circulaban por vía única debían ser sincronizados para poder calcular el punto exacto del recorrido en el que se cruzarían, y de esta manera poder operar la vía en ambos sentidos. Del cálculo y la exactitud de la sincronización entre los relojes de las dos estaciones dependía evitar un accidente.
5 La Great Western Railway adopta la hora de Londres para toda su red en 1840; en 1847 las compañías británicas acuerdan regirse por el tiempo medio de Greenwich, que no obtiene reconocimiento legal hasta 1880; las compañías norteamericanas imponen sus husos el 18 de noviembre de 1883, en un solo día y sin intervención del Congreso; y la conferencia internacional que fija el meridiano de referencia se celebra en Washington en octubre de 188
Parte de lo que nos interesa ocurre después, cuando los campanarios deja de ser necesarios y el tiempo se desplaza del espacio público al interior de las personas. Desde ese momento la disciplina no requiere vigilante. Se mira el reloj sin que nadie lo pida. La mañana improductiva se registra como una deuda menor.
Ese desplazamiento no lo inventa el capitalismo, que lo encuentra ya en marcha, pero sí halla en él su instrumento más eficaz. Un tiempo homogéneo y medible admite ser comprado, vendido, descontado y optimizado, y admite además ser comparado entre personas, lo que permite convertirlo en criterio de valor. De ahí que la aceleración de la que todo el mundo se queja constituya la prueba de que el sistema de alguna manera funciona.6
5 E. P. Thompson describió en 1967 el tránsito desde una orientación a la tarea —se trabaja hasta que la tarea concluye— hacia una medición del tiempo trabajado, y lo memorable de su análisis está en cómo documenta la interiorización posterior, que puede seguirse en tres fases. En la primera la coacción es exterior y visible: la campana, el capataz, la puerta que se cierra en punto. En la segunda cambia el objeto de la pelea, que pasa a ser cuánto se paga la hora extraordinaria, y ese desplazamiento es la victoria decisiva, porque quien negocia el precio de su tiempo ha aceptado ya que su tiempo tiene precio. Thompson señala además dónde se enseñó la lección antes que en la fábrica: en la escuela de caridad y en el púlpito metodista, donde la puntualidad se predicaba como virtud y la pérdida de tiempo como pecado. La tercera fase la describe mejor Elias: cuando la interdependencia social crece lo suficiente, la coacción externa se convierte en autocoacción, se adquiere en la infancia junto con el resto del carácter y deja de percibirse como impuesta. Al final del recorrido, la medida administrativa se experimenta como rasgo de temperamento, y quien dice de sí mismo que es muy puntual, o que no sabe estar sin hacer nada, describe como naturaleza propia lo que hace tres siglos era un reglamento de fábrica.
Contra la aceleración se ofrece hoy un catálogo, y el catálogo tiene la particularidad de reproducir la forma de aquello que promete suspender. El retiro de fin de semana, la casa rural, el silencio de pago, la aplicación que cronometra los minutos de calma y el viaje concebido como paréntesis funcionan todos con hora de entrada y hora de salida. Ninguno de esos productos ofrece lentitud, ofrecen restitución y borrado del desgaste. Es la forma exacta del rito antiguo despojada de la comunidad que lo sostenía y servida por unidades de consumo. La producción industrial del reposo está documentada al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, cuando el litoral europeo pasa en tres generaciones de lugar peligroso a prescripción médica para acabar siendo industria de masas.6
6 Arnold van Gennep describió en 1909 la estructura de los ritos de paso en tres fases: separación, margen y agregación. Victor Turner desarrolló la intermedia con el nombre de liminalidad, ese intervalo en el que quien lo atraviesa ha dejado su condición anterior y todavía no ha adquirido la siguiente, y añadió después una distinción que aquí resulta decisiva. Lo liminal en sentido estricto es obligatorio, colectivo y forma parte de un ciclo que afecta al grupo entero. Lo que las sociedades industriales producen en su lugar Turner lo llamó liminoide: opcional, individual, elegido, comprado y alojado en el tiempo de ocio. Las vacaciones, el retiro y la escapada tienen la forma del rito de paso y carecen de sus condiciones, porque nadie está obligado a hacerlas, nadie las hace con su comunidad entera y nadie regresa de ellas con un estatuto distinto del que tenía. De ahí, probablemente, que restituyan tan poco y que haya que repetirlas cada año. Yaara Benger Alaluf lo ha documentado en el terreno: estudió los complejos vacacionales de Club Med y mostró que la relajación se fabrica, con cadena de producción, trabajo emocional y promesa de autenticidad, y que exige programar la experiencia hasta la espontaneidad. Su libro sobre el litoral británico entre 1870 y 1918 recorre el trayecto completo. El texto sobre Club Med figura en el volumen compilado por Eva Illouz, Emotions as Commodities, traducido como Capitalismo, consumo y autenticidad.
No sé cómo terminar este artículo porque tengo la impresión de que no tiene un único final. A veces lo pienso de una manera y en otras de otras. Antes que tratar de pulir un párrafo perfecto con una frase deslumbrante—para eso vete a Intagram—, prefiero dejarme hablar y poder contar que ha sido para mí la construcción de este artículo, y ahí vislumbrar estos dos finales.11
11 Queda algo que este artículo no resuelve. A ratos sospecho que el tiempo no existe y que habitamos un presente continuo, y no consigo sostener la idea porque el lenguaje no da para llegar a lo que quiero decir. En contra juegan mis manos, que envejecen, y los muertos, y los recién nacidos, y una física que mide el tiempo y lo deforma a toda velocidad. Y queda una precisión que el cuerpo obliga a hacer. Ritmos hay, y son anteriores a nosotros: la especie se constituyó bajo el día y la noche, bajo el frío nocturno y bajo las estaciones, y de ahí viene un oscilador interno que sigue funcionando ahora mismo, mientras miro una pantalla a medianoche. Ese oscilador no se ha ido a ninguna parte, de modo que no hay adónde volver. Lo que ocurre es otra cosa: se acompasa con señales de fuera, y hoy esas señales las emite una industria. La señal cambió de emisor, y eso puede describirse sin apelar a ninguna naturaleza perdida. El corazón late, no cuenta. Si atiendo algo, atiendo eso: el latido, la respiración, las olas, el viento moviendo la copa de un árbol. No como regreso, sino como lo que está ocurriendo.
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