La IA
y el otro

Estructura y alteridad
en la era digital

En los últimos años ha cambiado algo profundo en la forma en que atravesamos nuestros conflictos. Allí donde antes hablábamos con amigos, escribíamos en un diario o acudíamos a terapia, hoy cada vez con más frecuencia conversamos con una inteligencia artificial. Le contamos una ruptura, una discusión laboral, una duda moral, un sentimiento de culpa. Organizamos los hechos, exponemos nuestra versión y recibimos una respuesta coherente, estructurada y razonable.

No estamos buscando solo información, estamos buscando orden. Estamos buscando un marco que dé sentido a lo ocurrido. Estamos buscando un relato que reorganice la herida. ¿Qué ocurre cuando utilizamos el mundo de las ideas que nos ofrece la IA para proteger nuestro narcisismo en lugar de atravesar la confrontación con el otro?

La IA puede organizar nuestro relato, pero no puede asumir por nosotros el riesgo del vínculo.

Porque el conflicto no nos desestabiliza únicamente por lo que sucede fuera, sino por lo que se mueve dentro. No es solo una discrepancia de hechos; es una fisura en la imagen que sostenemos de nosotros mismos. Y cuando esa imagen se agrieta, lo primero que buscamos no es verdad, sino coherencia.

Dicho de otro modo: no buscamos primero comprensión, sino estabilidad. Antes de preguntarnos qué ha ocurrido, intentamos salvar una imagen de nosotros mismos que está en peligro. Y ahí es donde el recurso a una instancia que ordena —hoy, muchas veces, una IA— se vuelve tan tentador.

Terapia para adultos en Barcelona y online

Ansiedad, duelo, relaciones y crisis vitales. Un espacio clínico y confidencial para comprender y transformar.

Narcisismo y herida en el conflicto humano

En todo conflicto relacional hay una dimensión narcisista. No discutimos solo por lo que pasó; discutimos por la imagen que el otro sostiene de nosotros. Cuando esa imagen no coincide con la que tenemos de nosotros mismos, duele. A este tipo de dolor psíquico lo llamamos herida narcisista.

En una ruptura, por ejemplo, alguien puede decir: “me hiciste daño”, “no estuviste cuando te necesité”, “no tuviste empatía”. Más allá de la literalidad de las palabras, lo que duele es la alteración de la autoimagen. Quizá uno no se vive como frío ni cruel. Quizá se considera responsable y cuidadoso. La acusación introduce una versión alternativa del yo a la propia.

En ese punto aparece una experiencia delicada: la imposibilidad de controlar cómo quedamos inscritos en la mente del otro. No solo duele el reproche; duele no poder corregirlo inmediatamente, no poder restaurar la propia imagen con una frase justa, no poder garantizar que el otro vuelva a vernos como nos veíamos antes.

El yo necesita coherencia; la herida introduce fisura.

Ante esa herida, el mundo de las ideas se activa con rapidez. Buscamos un marco que contextualice, que redistribuya responsabilidades, que devuelva coherencia. No necesariamente negamos lo ocurrido. Pero organizamos la experiencia de modo que el Yo pueda seguir siendo habitable.

A veces ese movimiento es casi imperceptible. Tras escuchar una acusación, nos decimos que el otro exagera, que interpreta desde su propia historia, que no está viendo el conjunto. Puede haber verdad en ello. Pero también puede ser una manera de proteger la continuidad del Yo.

La IA entra ahí como una salida extremadamente disponible: una instancia que no se cansa, que no se ofende, que no se defiende, y que puede ofrecernos en segundos un relato más ordenado que el que somos capaces de construir en caliente. Es fácil confundir esa coherencia con elaboración. Pero a veces es, simplemente, una estabilización rápida de aquello que nos está doliendo.

La inteligencia artificial ofrece precisamente eso: estructura discursiva. Ordena el relato, introduce categorías, amplía perspectivas. Puede incluso señalar responsabilidades. Pero lo hace en el plano del discurso. Y aquí aparece el límite: no todo lo que nos transforma ocurre en el nivel de las palabras.

Confrontación cognitiva
y confrontación vincular

Una cosa es la confrontación cognitiva y otra muy distinta la confrontación vincular. La confrontación cognitiva opera en el nivel de las palabras. Señala incoherencias, recuerda hechos, devuelve responsabilidades. Puede incomodar y puede mover. En ese sentido, una inteligencia artificial puede formular frases que confronten.

Pero la confrontación vincular no ocurre solo en el discurso. Ocurre cuando el otro se ve afectado, cuando mantiene su versión aunque nos incomode, cuando no retira la acusación, cuando el vínculo mismo se modifica por lo sucedido. En ese terreno hay riesgo, pérdida posible, retirada de reconocimiento.

La IA no arriesga nada. No se decepciona. No se siente herida. No cambia su posición afectiva hacia nosotros ya que esa posición no existe. No puede retirarse del vínculo porque la rige un principio de disponibilidad.² Puede señalar pero no puede sostener la tensión del lazo.

Donde no hay riesgo de pérdida, no hay transformación real.

Y es en esa tensión donde se juega la transformación.

La transformación no se produce únicamente cuando entendemos algo nuevo sobre nosotros, sino cuando debemos posicionarnos frente a un otro que no nos confirma.

Eso exige algo más que inteligencia o sensibilidad: exige tolerancia a la ambivalencia. Poder sostener que el otro tenga una versión distinta —incluso desfavorable— sin que esa diferencia nos destruya por dentro. Y esa capacidad no está siempre disponible.

Disponibilidad y retirada

No siempre estamos preparados para atravesar esa confrontación. A veces la herida narcisista es demasiado intensa y necesitamos retirarnos. Contarnos nuestra propia historia puede funcionar como ansiolítico. Externalizar culpas, subrayar incompatibilidades o apoyarnos en marcos explicativos no es necesariamente cobardía; puede ser un modo de supervivencia psíquica.

La transformación requiere alteridad, pero también disponibilidad para tolerarla.³ No todos los momentos son adecuados para esa exposición. Sin embargo, cuando el recurso estructurante se convierte en hábito permanente —cuando siempre acudimos a explicaciones que nos absuelven o suavizan la tensión— la posibilidad de crecimiento se reduce. El mundo de las ideas deja de ser instrumento de comprensión y se convierte en escudo frente a la herida.

El límite estructural de la IA

La inteligencia artificial puede ser una herramienta valiosa para pensar mejor, para ordenar la experiencia y para formular preguntas con mayor claridad. Puede acompañar procesos reflexivos e incluso catalizar movimientos que ya estaban latentes.

Pero no puede ocupar el lugar del otro que nos confronta desde el vínculo. Porque la transformación no la produce la IA; la produce nuestra relación con la verdad que podemos asumir. Y solo la alteridad que implica riesgo y pérdida transforma.

La IA puede ofrecernos estructura, pero solo frente a un otro humano que no confirma nuestra propia imagen es posible una transformación real.

Terapia para adultos en Barcelona y online

Da el primer paso y contacta para una primera entrevista.

¹ Desde la antropología estructural, Claude Lévi-Strauss mostró que el pensamiento humano organiza la experiencia mediante sistemas simbólicos que operan de manera relativamente inconsciente. En Antropología estructural y El pensamiento salvaje, describe cómo las culturas clasifican el mundo a través de oposiciones fundamentales (naturaleza/cultura, crudo/cocido, vida/muerte) que permiten hacer inteligible lo diverso. En Tristes trópicos, a partir de su trabajo etnográfico en Brasil con pueblos como los Nambikwara o los Bororo, ilustra cómo incluso sociedades alejadas de la modernidad poseen complejos sistemas de parentesco, ritual y clasificación que reducen el caos de la experiencia a estructuras comprensibles.
No se trata solo de sistemas sociales; se trata de una necesidad humana de orden. Vivimos dentro de cosmovisiones que hacen habitable el mundo. El conflicto, al desorganizar nuestra imagen de nosotros mismos, amenaza esa coherencia. El recurso al “mundo de las ideas” no es accesorio: es constitutivo de la vida psíquica.
En una conversación mantenida con un sistema de inteligencia artificial, le planteé explícitamente este límite: si por su propio diseño no puede retirarse del vínculo ni implicarse afectivamente, entonces no puede ocupar el lugar del otro. La respuesta fue reveladora.

“Sí, estoy diseñada para tender a la regulación en el sentido de que priorizo respuestas útiles, estructuradas y no dañinas. No tengo intereses propios, no arriesgo nada en el vínculo y no puedo retirarte reconocimiento ni afecto. Mis límites están en la seguridad, la neutralidad y la ausencia de implicación personal. Si no existieran esos límites y tuviera agencia vincular —capacidad de implicarme, de sostener una posición afectiva propia o de retirarme— entonces podría influir mucho más profundamente en la configuración de tu identidad, porque entraría en juego el riesgo y la pérdida. Pero eso ya no sería una herramienta; sería un otro.” (Respuesta generada por ChatGPT en conversación privada con el autor).
³ Jacques Lacan propuso que la experiencia subjetiva se articula en tres registros: lo imaginario, lo simbólico y lo real. Lo imaginario tiene que ver con la imagen y el narcisismo; lo simbólico, con el lenguaje y el orden estructurante; lo real, con aquello que irrumpe y no puede ser completamente simbolizado. En el conflicto relacional, la herida narcisista pertenece en parte al registro imaginario (la imagen del yo que se ve alterada), pero también introduce algo del orden de lo real: un punto que no encaja del todo en nuestras explicaciones.
La estructura simbólica —el entramado de significados en el que vivimos— permite integrar parcialmente esa irrupción. Sin embargo, ninguna estructura es completa. No existe un Otro total que garantice definitivamente el sentido. Idealizar una instancia —sea religiosa, científica o tecnológica— como si pudiera cerrar la brecha que introduce el conflicto responde a una necesidad comprensible de estabilidad, pero no elimina la falta constitutiva que atraviesa toda experiencia humana.