Imagina ahora que estamos andando por los Alpes italianos entre majestuosas montañas. Si observamos las placas de hielo que flotan en un lago helado todo parece detenido, pero si las miramos durante un buen rato veremos como lentamente se mueven las unas frente a las otras. Lo que parece estar parado es movimiento para el que mira el tiempo suficiente.
En un ocasión vi un alud. Sonaba como un trueno de decenas de segundos y arrastraba todo lo que encontraba a su paso. Bajó por la pendiente más acentuada de la ladera de un valle glacial, por un canal abierto por el hielo tiempo atrás vimos precipitarse una enorme cantidad de rocas, nieve y árboles.a El canal no cambió de lugar para que el alud se produjera, más bien fue la razón de que ocurriera precisamente alli.1:08 · Recuerdo de aludes
Un patrón se mantiene sin que nada lo mantenga. Basta con que la forma del terreno corrija por su cuenta cualquier desviación para que el agua que baja por una ladera termine pasando siempre por el mismo sitio.3 El hábito fabrica el relieve que marca el camino.
3 Utilizo las imágenes de montañas porque pienso y ando en ellas. He observado cómo el cambio de contexto produce cambios psíquicos, cómo podemos pensar diferente según dónde estemos, y cómo diferentes sustancias influyen en ello.
Si tiramos a un rio un pequeño palo de madera y se queda dando vueltas en un remolino podemos observar cómo gira atrapado en la corriente. El discurrir del agua forma un sistema que estabiliza el movimiento del objeto manteniéndolo retenido. Existe un límite que el palo no puede cruzar determinado por la propia forma del movimiento. En ocasiones los pensamientos adoptan formas que regresan sobre sí mismas. b1:08 · Líquidos y límites
El problema de la repetición lo abordó el psicoanálisis hace ya más de cien años, para explicar por qué alguien repite algo que le hace daño. Freud supuso una fuerza que empujaba hacia la repetición, algo contrario al principio del placer.4
4 Freud, Más allá del principio del placer, 1920. El texto nace de una observación clínica —los pacientes repiten lo que les daña, los soldados vuelven en sueños al lugar del trauma— y para explicarlo utiliza el concepto de compulsión a la repetición y, detrás de ella, la pulsión de muerte. Tal vez no haga falta un a fuerza si la experiencia cae por un surco.
Los cambios los solemos entender de forma acumulativa. Un proceso arranca, se desarrolla y más tarde finaliza conduciéndonos a un resultado. Sin embargo, como sabe todo el que los ha atravesado, los cambios llegan de forma repentina: meses en los que no pasa nada y un día de repente sucede.55 Desde la terapia cognitiva de la depresión en 1999 Tang y DeRubeis lo llamaron sudden gains: en terapia una fracción muy alta de la mejoría total de un tratamiento ocurre en el intervalo entre dos sesiones consecutivas, y quienes lo experimentan sostienen mejor el resultado meses después. Olthof, Hasselman y Schiepek volvieron sobre ello en 2020 y mostraron que esos saltos, tanto los de mejoría como los de empeoramiento, van precedidos por un aumento de las fluctuaciones: el sistema se agita antes de moverse.
Observa el gráfico que está más abajo: las bolas que caen del cielo como si fueran gotas de lluvia son pensamientos que se repiten. Al caer ladera abajo van creando canales que profundizan cada vez más.
Existe sistema trata de ahorrar energía. Las bolas continuan cayendo por donde les es más sencillo hacerlo justo por el surco que ya está ahí fabricado en la mecánica de una situación pasada.6 El pensamiento se repite dejando marcas que reflejan los modos en los que hemos pensado: lo más probable es que volvamos a pensar como ya lo hemos hecho.6 El cerebro pesa el 2 % del cuerpo y se lleva alrededor del 20 % de la energía que gasta en reposo. Casi todo ese consumo sostiene la actividad de fondo: lo que añade una tarea concreta apenas mueve la cifra, como midió Marcus Raichle. Con ese presupuesto, Peter Lennie calculó que solo una fracción mínima de las neuronas puede estar activa a la vez. Un órgano así no puede permitirse recorrer cada vez todas las opciones. Volver por un trayecto ya construido cuesta menos que abrir otro, y eso basta para que el sistema prefiera lo conocido sin que nadie lo decida.
Los antidepresivos no saben del pensamiento, no conocen los detalles de la escena que vuelve dentro de nuestra cabeza. Trabajan deformando el sustrato que sostiene la cognición, y lo hacen con algunas semanas de retraso. Se recetan para la depresión y para el trastorno obsesivo compulsivo: en ambos el pensamiento se repite .77 Los antidepresivos han evolucionado en tres olas. Primero los tricíclicos y los IMAO de los años cincuenta, eficaces y muy mal tolerados. Después los ISRS, que a finales de los ochenta hicieron un trabajo parecido con muchos menos efectos adversos, y por eso pasaron a ser la receta habitual. Luego los duales y los atípicos, variaciones sobre el mismo esquema: una toma diaria y semanas de espera. En la actualidad se investiga con la ketamina, que actúa en horas en lugar de semanas, y con la psilocibina, que necesita de una o dos sesiones acompañadas.
Los antidepresivos devuelven al cerebro adulto un estado similar al de los períodos plásticos de la infancia, cuando el aparato psíquico se encuentra maleable y abierto al ambiente para que este lo deforme. El fármaco no devuelve el ánimo, devuelve la maleabilidad sobre un circuito que se ha cerrado.
En la montaña el fármaco no empuja la bola ni la saca del surco, reblandece todo el terreno. El descenso que siempre lleva al mismo sitio ahora se ha desdibujado ante otras opciones posibles.
Es curioso como la propia construcción de este artículo ha ido llevando a su propia deconstrucción. Escribo porque quiero entender, pero en ocasiones, y esta es una de ellas, entender es desestructurar.
Me he planteado de diversas maneras cómo cerrar este escrito. En un principio iba encamiando hacía algo técnico, pero lo más amable tiene que ver con lo que de mí puedo decir al respecto.